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El ‘Puente de la Pepa’, la última joya de la corona de la ingeniería española

La ingeniería civil de España da a luz con frecuencia obras admirables tanto por su concepción como por su definición. Una de las últimas fue el Puente de la Constitución de 1812, en Cádiz, inaugurado hace dos años y apodado, obviamente, el Puente de la Pepa.

Tanto por su funcionalidad, como por su complejidad constructiva, por su majestuosidad y por sus mareantes cifras, esta obra proyectada por Javier Manterola Armisén se ha ganado un puesto destacado entre las joyas de la corona de la ingeniería nacional.

Tiene una longitud total de 3.092 metros (que alcanza los 5 km si se suman el viaducto de San Pedro y los accesos), de los cuales 1.400 están sobre el agua. Su tramo central, el más característico, constituye el tercer puente atirantado más largo de Europa, con una luz (vano o distancia entre los apoyos) de 540 metros. Sólo es superado por el de Normandía (840 metros), en Francia, y el de Río-Antirio (tres vanos de 560 metros), en Grecia. De sus dos torres principales, entre las estructuras más altas de España con 187,1 y 181,24 metros, salen 176 tirantes que soportan las 60.000 toneladas del tablero central, de 1.180 metros.

Aunque no pudo estar terminado a tiempo para el bicentenario de la promulgación en marzo de 1812 de la Constitución de Cádiz (llamada entonces popularmente como ‘la Pepa’ para evitar represalias del ejército napoleónico invasor), el puente se ha convertido en la imagen de bienvenida y símbolo de la ciudad andaluza.

Y también ha conseguido, gracias a sus cuatro carriles (dos por cada sentido) y uno más para la futura línea del tranvía, el objetivo para el que fue construido de aliviar el tráfico de entrada y salida a la ciudad. Una urgencia de la que ya se comenzó a hablar a finales de los 60 y que en las últimas tres décadas se había hecho cada vez más imperiosa.

Debido a la necesidad de permitir el acceso de barcos al puerto de Cádiz, hubo un tiempo en que la idea de un túnel como tercera vía de acceso a la ciudad era la imperante, finalmente se optó por el puente. Y el proyecto de Manterola, un reconocido ‘señor de los Puentes’ de la ingeniería española, logró aunar la compleja maraña de características que debía reunir su diseño.

En lugar de hacer otro puente basculante (con un tramo central que se alza para dejar el paso de buques) como su hermano el José León de Carranza, se decidió hacer uno con un gálibo lo suficientemente alto como para permitir el tráfico de naves: 69 metros (hasta 74 con marea baja).

Con esta distancia entre la superficie del agua y la parte interior de la infraestructura, el 99% de los barcos pueden pasar por el canal de navegación en la bahía. Pero además, a petición de la constructora de barcos Navantia, se construyó un tramo desmontable por si alguna vez en sus astilleros se hacía una embarcación de mayor altura.

Otro de los desafíos del Puente de la Constitución de 1812 fue hacerlo resistente a los fuertes vientos que soplan en la bahía gaditana. Gracias a las pantallas antiviento semipermeables y a la forma aerodinámica del dintel, la zona por la que transitan los vehículos, estos no se ven afectados y la infraestructura está preparada para soportar ráfagas de hasta 150/200 kilómetros por hora.

Aunque en la prensa se han dado datos a veces exagerados al compararlo con otros puentes icónicos como el tan admirado por Manterola Golden Gate de San Francisco, las cifras de esta majestuosa obra cortan la respiración: en su construcción se utilizó cinco veces más acero que en la torre Eiffel de París y cinco veces más hormigón que en el monumento del Cristo de Corcovado de Río de Janeiro. Sus dos torres principales miden cuadruplican la altura de la Estatua de la Libertad.

Con todas estas características no es tan sorprendente que su construcción, que costó 511 millones de euros, tardase ocho años, cinco más de los previstos.

Además, el Puente de la Pepa logra dar una imagen de modernidad a de Cádiz sin suponer un atentado paisajístico. Más bien al contrario, su silueta estilizada es un icono de la histórica ciudad y sus 176 cables no impiden ver con claridad a través de ellos la otra parte de la bahía. Por otra parte la simetría de su luz principal crea un sentido de regularidad y armonía.

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