En Perspectiva

El bitcoin: la moneda del futuro para unos y humo para otros

El bitcoin: la moneda del futuro para unos y humo para otros

Este ha sido el año del bitcoin, que ha disparado su valor de 920 a 17.000 euros, pese a lo cual muchos expertos siguen dudando de su viabilidad y pronostican su colapso.

Uno de los grandes protagonistas de 2017 ha sido sin duda bitcoin. Esta criptomoneda o moneda digital ha multiplicado su valor casi por 20 y su cotización ya ronda los 17.000 euros. Quienes apostaron por este activo han obtenidos pingües beneficios y su vertiginoso ascenso ha atraído las miradas de muchos que antes lo veían como una curiosidad. Sin embargo, muchos economistas auguran que se trata de una nueva burbuja que en cualquier momento va a estallar.

El bitcoin, que fue creado en 2009, en plena crisis mundial, por una persona o grupos de personas que se oculta bajo el nombre Satoshi Nakamoto, costaba unos 920 euros al finalizar 2016. Sin embargo, una serie de hechos la ha impulsado desde entonces.

Para empezar, Japón consideró las criptomonedas como un medio válido de pago desde inicios de 2017 y cada vez más comercios la aceptan. Desde aerolíneas hasta la cadena de comida rápida Subway o el gigante Microsoft. Incluso Amazon, la mayor plataforma de e-commerce del mundo, analiza la posibilidad de que admitirla.

Además, el número de fondos de cobertura (que compran acciones y las revenden para obtener ganancias) que participan en la adquisición de bitcoins pasó de 30 a 130 en este año.

Un último gran espaldarazo llegó a principios de diciembre, cuando la Bolsa de Chicago lanzó una herramienta específica para negociar contratos de futuros con bitcoins, si bien de una manera todavía muy limitada.

Estos y otros apoyos han reforzado el valor del bitocin, cuyo precio, al ser una moneda descentralizada, sin ningún gobierno ni banco emisor que la respalde y la regule, depende de la confianza de la comunidad en que es un activo que perdurará en el tiempo y apuesta por su valor a futuro.

Los economistas críticos advierten de que en cuanto esa comunidad comience a desconfiar, y vaticinan que lo hará más pronto que tarde, la moneda digital se desplomará como un castillo de naipes. Esto podría incluso pasar, aventuran algunos, si uno de los fondos de cobertura con una fuerte inversión en este activo retira su dinero.

La cuestión es que estos augurios existen desde que nació, hace ya casi nueve años. Y ahí sigue, desafiante, aumentando continuamente su valor.

Esto ha hecho que muchos se replanteen el papel que jugarán en el futuro las criptomonedas y constantemente surgen nuevas. Ya hay más de 1.300, aunque la inmensa mayoría tiene un valor ínfimo. Entre todas suman una capitalización de más de 500.000 millones de euros, de los que casi la mitad pertenecen a bitcoin.

Al no estar respaldada por ningún país, esta moneda digital ha tenido la característica de ser muy volátil, con continuos bandazos en su cotización. Pero ha reducido cada año su volatilidad a un ritmo del 3-4%.

Aun así todavía puede ganar o perder un 20% de una jornada a otra. Pero a la larga, y hasta ahora, siempre acaba revalorizándose. Se apreció un 5.000 entre 2013 y 2017. Pero ha sido en este último año cuando ha comenzado a despuntar, a acaparar cada día titulares de la prensa económica y a atraer a cada vez más inversores, incluidos muchos especuladores.

Su gran ventaja frente a las monedas tradicionales es la velocidad con la que se puede transmitir y al menor costo de las operaciones, ya que no intervienen mediadores, como en las transacciones bancarias.

No obstante, la dificultad para comprender qué es y como funciona, la sigue alejando el gran público. Se puede comprar en casas de cambio y a través de brokers. Pero también se puede obtener bitcoins mediante un proceso que se denomina “minado”.

Éste consiste en que internautas de todo el mundo, los ‘mineros’ resuelven complejos algoritimos propuestos por la red de la criptomoneda para comprobar que las operaciones hechas con ella son correctos y no esté duplicados.

Todos estos movimientos quedan registrados en bloques, mediante una tecnología denominada ‘blockchain’, que es una especie de libro de contabilidad público, descentralizado, distribuido en miles de ordenadores y sincronizado. Es la que permite al bitcoin reducir los costes de las transacciones (al prescindir de mediadores), más velocidad y una mayor seguridad.

Esto no significa que esté totalmente a prueba de robos. Se han producido algunos de esta moneda digital cuando pasan por las casas de intercambio. También se pueden producir pérdidas por errores en el software, ataques de denegación de servicio o virus informáticos. Por ello, muchos inversores guardan sus criptomonedas en dispositivos sin conexión a Internet.

El número de ciberataques contra tenedores de bitcoins se ha multiplicado y varios han resultado exitosos. El último de ellos, el pasado 19 de diciembre, llevó a la bancarrota a una plataforma surcoreana Youbit tras la sustracción del 17% de sus fondos en cartera, lo que llevó a los clientes a retirar rápidamente la mayor parte de sus saldos.

Pero también se han dado casos de personas que han perdido miles de euros en bitcoins al olvidar la contraseña para su monedero, o perder el disco duro donde lo guardaba.

Además, al carecer de seguridad jurídica (recordemos que la moneda no está regulada y que existe anonimato sobre sus propietarios), no hay forma de denunciar estos robos o pérdidas. Si pierdes bitcoins por alguna razón, los pierdes para siempre. No le puedes reclamar a nadie.

Un problema añadido es que, cuando se creó, se estableció un número limitado de bitcoins: 21 millones. Ya se han extraído casi 17 millones y, cuantos menos quedan, más complicado es extraer nuevos, por lo que se requieren cada vez ordenadores más potentes y más energía para resolver los algoritmos propuestos por la red.

Según la plataforma de análisis de la criptomonedas Digicomist, la ‘minería’ global de bitcoins copa el 0,16% de la electricidad consumida en el planeta y cada transacción deja una huella de 118 kilogramos de por transacción se emiten a la atmósfera 118 kilogramos de dióxido de carbono.

Otro de los inconvenientes de la criptomoneda, y que está preocupando cada vez más a algunas autoridades, es que el anonimato de sus propietarios y la imposibilidad de seguir su rastro la hace ideal para algunos negocios ilícitos, como el tráfico de drogas, y para el lavado de activos.

No sólo eso. También se está usando para financiar el terrorismo (este mismo mes el Estado Islámico ha lanzado mensajes en algunas redes sociales para pedir donaciones en esta moneda) y por los piratas informáticos. Estos esparcen virus que les permiten secuestrar ordenadores en cualquier parte del mundo. Para volver a permitirles a los usuarios acceder a la información que tienen en ellos, les piden rescates, muchas veces en bitcoins.

Este es un argumento más de sus detractores para prever un final abrupto para esta criptomoneda. Sin embargo, en lo que todos están de acuerdo es en que su gran aportación es la tecnología ‘blockchain’. Las grandes corporaciones ya están invirtiendo importantes sumas en ella y no sólo permite el desarrollo de criptomonedas, sino que tiene aplicaciones en sectores que van de la banca a la salud o la energía.

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