En Perspectiva

Pueden los bulos provenir de la ciencia fake science

¿Pueden los bulos provenir de la ciencia? Así es (y se gesta) la ‘fake science’

En la era de las ‘fake news’, la desinformación también llega a la ciencia. La coletilla “según un estudio” parece suficiente para avalar cualquier dato y premisa, sea o no cierta. ¿Cómo de común es encontrarse con noticias e informaciones falsas en el plano científico? Más de lo que parece. De los argumentos para defender que la Tierra es plana a las razones del movimiento antivacunas, la ‘fake science’ está a la orden del día.

“El mundo científico también tiene el reto de enfrentarse a la verdad, las medias verdades y la desinformación”, afirma Alexandre López-Borrull, profesor de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC en este artículo de El País. Porque la ciencia, a ojos de muchos, es garante de la verdad, pero en tiempos de redes sociales hemos de observarla con lupa.

No se trata de desconfiar de cualquier apunte científico, sino de contrastar la información y de apoyarnos en herramientas que nos ayuden a dilucidar qué es ciencia y qué no lo es. Maldita.es, plataforma periodística que se encarga de destapar bulos, cuenta con un apartado, llamado Maldita Ciencia, en el que desmiente todas aquellas noticias y estudios que, con la investigación por bandera, intentan transmitir mensajes falsos.

El origen de la ‘fake science’

Pero la ahora llamada ‘fake science’ o ciencia de dudosa veracidad no es un producto de la era de las redes sociales (si bien es cierto que estos canales contribuyen a su propagación). Ya en 1998, el investigador canadiense Andrew Wakefield publicó en la revista científica The Lancet un estudio en el que relacionaba la vacuna trivalente (sarampión, parotiditis y rubeola) con un aumento del riesgo de padecer autismo.

Aquella publicación fue el espaldarazo que el movimiento antivacunas necesitaba para coger impulso. Y su auge se mantiene hoy, con las autoridades europeas alerta ante el crecimiento de enfermedades ya prácticamente erradicadas en el hemisferio norte como el sarampión. The Lancet, con el tiempo, se retractó del artículo que publicó a Wakefield.

¿Por qué, como sociedad, damos pábulo a esta ‘ciencia falsa’? Los expertos apuntan a varias razones. Por un lado, la “mercantilización de la ciencia”, como define López Borrull al fenómeno. La ciencia al servicio de las ventas de productos, la ciencia como instrumento para convencer a los consumidores de que tomar un zumo (muy azucarado) es beneficioso para la salud. Aquí entra en juego otro factor: la importancia de encontrar el equilibrio entre no dar visibilidad a ciertos estudios sesgados y no caer tampoco en el escepticismo por defecto. Una complicada tarea de la comunidad científica y de los consumidores y lectores.

Las creencias ideológicas (con una pizca de conspiracionismo) se posicionan como otra de las razones del auge de la pseudociencia, ya hablemos de los movimientos antivacunas o, en un caso más extremo pero muy popular en los últimos tiempos, del terraplanismo.

Sí, en 2019 y con satélites observando la redondez de la Tierra desde todos los ángulos hay quienes abogan por que nuestro planeta es plano. Y eso evidencia una tendencia, enmarcada más en la psicología que en la ciencia, por la que nuestra sociedad recela de los datos, hace apología extrema de la subjetividad y termina concluyendo, si la ciencia le contradice, que la ciencia está comprada.

El terraplanismo cuenta con una enorme comunidad en YouTube, una herramienta que, en manos de los devotos de este movimiento, se convierte en una cámara de eco donde no resuenan, siquiera, las evidencias científicas probadas hace cinco siglos.

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