En Perspectiva

Graves incendios en el Amazonas

Incendios amazonas

No sólo arde la Amazonia, el Ártico lleva meses en llamas y África tiene el récord de hectáreas quemadas este año. ¿Cómo afectan los incendios a nuestro planeta?

Los graves incendios de este verano en el Amazonas brasileño han despertado la alarma social en todo el mundo. Al igual que las noticias de atentados en Europa, o el incendio de Notre Dame en París la pasada primavera, los fuegos que han arrasado 2,5 millones de hectáreas de la Amazonia. Han generado gran revuelo en las redes sociales, y son muchos los se han solidarizado con la causa.

Un problema global

El problema de los incendios no afecta sólo a Brasil. Sin ir más lejos, Bolivia, país que también abarca parte de selva amazónica, ha registrado cerca de 2 millones de hectáreas calcinadas, cifras que le acercan a su vecino. Hablamos en ambos casos de fuegos con cientos de focos, muchos de ellos aún activos.

Lo que no vemos en un paseo por las redes sociales es que el fuego del Amazonas no es un caso aislado. El conocido como “pulmón de la tierra” está en llamas, pero también lo están otras zonas del planeta. Indonesia, Alaska, Siberia, Groenlandia, Angola o el Congo han ardido durante meses, y la temporada todavía no ha llegado a su fin.

El planeta arde por diferentes puntos

Los mapas de satélites de la NASA confirman la existencia de incendios activos en África central. Especialmente en Angola, con 6.902 focos activos, y la República Democrática del Congo, con 3.395. Tal y como justifican los expertos y los políticos de estas zonas, el fuego responde a técnicas agrícolas ancestrales usadas por el hombre en actividades agrícolas y pastorales, están controlados, en teoría, y no afectan a grandes masas boscosas sino a pastizales y tierras de cultivo.

Si cambiamos de continente, en Asia también se han declarado grandes incendios que siguen amenazando a su fauna y su flora, por ejemplo, en las selvas tropicales de Borneo y Sumatra, en Indonesia.

Aún más preocupante resulta comprobar que zonas donde el fuego es natural han ardido este año de forma excepcional. Más de 600 incendios forestales han consumido casi un millón de hectáreas de bosque en Alaska. Los incendios también han causado estragos en el norte de Canadá. En Siberia, el fuego se ha llevado por delante 5,4 millones de hectáreas y el humo ha cubierto una superficie equiparable a toda la Unión Europea.

Pese a todo, los bosques subárticos están acostumbrados al fuego y preparados para regenerarse. El ecosistema boreal o taiga, una franja de bosque septentrional que cubre el 17% de la superficie terrestre del globo, lleva ardiendo regularmente miles de años. El problema es que antes el ciclo se reanudaba cada 200 años más o menos. Pero hoy esos ciclos son alrededor de un 25% más cortos que en el pasado, y eso lo cambia todo. El aumento de las temperaturas, con récords de 32ºC en julio, es una de las principales causas. Cada vez hay primaveras y veranos más largos e incendios más grandes, más calientes y más frecuentes.

Las consecuencias para el planeta

Más allá de las causas habituales, donde la sequía, las olas de calor, o la mano del hombre tienen gran parte de culpa, el fenómeno crece sin control. Y las consecuencias para el planeta son irreversibles.

El balance que nos deja esta primera mitad de 2019 es poco esperanzador. Los incendios forestales tienen una relación directa con la destrucción de los ecosistemas. A los animales que sobreviven a un incendio no les queda nada para comer y mueren de inanición o se quedan aislados sin poder volver al bosque. Además, al acceder a cultivos o poblados están en riesgo de ser atacados. Especies como el orangután de las selvas de Indonesia ven sus opciones supervivencia reducirse hasta encontrarse en claro peligro de extinción.

Por otro lado, la deforestación hace que la masa de árboles se reduzca, y en la mayoría de ocasiones no vuelva a regenerarse. Detrás de la tala puede haber motivos económicos. Las tierras calcinadas se dedican al cultivo de aceite de palma, de caña de azúcar o de soja, entre otros, e incluso para crear nuevas carreteras. Mientras, la madera se emplea para la industria y la venta.

El daño final, las altas emisiones de carbono

Los daños y pérdidas de los incendios forestales ceden la peor parte a la atmósfera terrestre. La quema de selvas y bosques expulsa carbono que contribuye a mermar la capa de ozono y aumentan la temperatura del globo. Estas emisiones de gases de efecto invernadero provocan un mayor calentamiento, es decir, el cambio climático está dando lugar a más cambio climático, lo cual afecta a todo el planeta.

Pero, pese a la creencia, ni los bosques ni la selva del Amazonas son el pulmón del planeta. Prácticamente todo el oxígeno que consumimos se genera en los mares y océanos. Según los expertos, el suministro de oxígeno de la Tierra no está en peligro.

Sin embargo, la preocupación por los incendios es real y fundada. Las grandes masas forestales tienen una función como reguladores del clima. Proveen de precipitaciones y humedad al planeta, disminuyen su temperatura y purifican el agua, además de ser grandes contenedores de carbono que de no ser almacenado contribuiría a la aceleración del cambio climático. Proteger los bosques debe ser una prioridad global, y la prevención de los incendios es una de las claves para conseguirlo.

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