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El agua ya cotiza en Wall Street: ¿hacia una mejor gestión o mercadeo de un recurso básico?

El agua ya cotiza en Wall Street: ¿hacia una mejor gestión o mercadeo de un recurso básico?

Hace unas semanas, una noticia captó la atención de los medios y los ciudadanos: el agua había comenzado a cotizar en Wall Street. Una cuestión inicialmente sorprendente esconde detrás la regulación del uso de un recurso básico, pero también la profesionalización de un sistema de intercambio que, de una forma más o menos profesional, ya se estaba llevando a cabo.

Vayamos por partes: no es el agua lo que ha comenzado a cotizar en bolsa, sino los derechos de uso de esta agua. El intercambio de esos derechos es ya algo habitual entre regantes de diversas zonas (incluida España), por lo que ese salto al mercado supone la estandarización de esos acuerdos entre las partes, a menos en la teoría.
Por otro lado, el derecho al uso del agua empezó a cotizar en Wall Street… pero en su mercado de futuros (algo que ya ocurre con productos como el trigo o el petróleo).

¿Cuál es la particularidad de este mercado?

Los intercambios no son inmediatos, sino a largo plazo, de tal forma que los interesados puedan garantizarse la disponibilidad de agua no para el momento de la transacción, sino para un periodo de sequía o necesidad.

Además, la presencia del derecho de uso del agua en la bolsa neoyorquina se rige por un índice especial, el Nasdaq Veles California Water (NQH2O), que se puso en marcha en 2018 y que tiene en cuenta las cinco zonas de California con mayor volumen de transacciones de este tipo.

Dicho esto, ¿cómo puede fomentar esta cotización un mejor uso del agua? Según explica al diario El País Gonzalo Delacámara, director de Economía del Agua en el Instituto Imdea, se generan incentivos para un aprovechamiento más eficiente de este recurso, ya que los derechos de uso excedentes se pueden trasladar al mercado y convertir en un activo financiero. Además, y de nuevo en la teoría, este sistema puede ayudar a que el agua llegue allá donde sea necesaria y, en paralelo, con los excedentes se consiga financiación para obras de mejora.

En la otra cara de la moneda, un empleo especulativo de este sistema, que puede conducir a que se comercialicen más derechos de uso de los verdaderamente disponibles y a que se haga negocio con un bien universal como es el agua y se generen por tanto desigualdades entre los ciudadanos.

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